INTERMITENCIAS DE LA MUERTE SARAMAGO PDF

Fecha de Entrega: 28 de Mayo de 2 Por primera vez en todos los tiempos en un pas cuyo nombre no se sabe ocurre algo inslito; la muerte decide suspender su trabajo letal, la gente deja de morir. Justo a las horas del primer da del ao la muerte suspende su trabajo La idea de no morir, de ser inmortal para algunos resulta increble, pero l no morir ms para otros significara la vejez eterna, los enfermos se convertiran en estorbos y aquellos que tengan un accidente permanecern en psimas condiciones pero vivos al fin de todo. El ser humano desde que es humano, siempre ha soado con la vida eterna, o lo que es lo mismo, con frenar a la muerte, esa que es representada siempre como la calavera cubierta con una sbana aunque se ignora si se trata de una dama o un caballero siempre ondeando una siniestra guadaa. La vida eterna no es una buena noticia para todos por igual, para las iglesias, las funerarias, el Estado y la maphia, acostumbrados a traficar con la muerte y a enriquecerse a costa suya, es la peor de las noticias posibles.

Author:Goltijin Tajora
Country:Bhutan
Language:English (Spanish)
Genre:Career
Published (Last):20 October 2015
Pages:400
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Al da siguiente no muri nadie. El hecho, por absolutamente contrario a las normas de la vida, caus en los espritus una perturbacin enorme, efecto a todas luces justificado ni siquiera un caso para muestra, de que alguna vez haya ocurrido un fenmeno semejante, que pasara un da completo, con todas sus prdigas veinticuatro horas, contadas entre diurnas y nocturnas, matutinas y vespertinas.

As comienza la historia, cuando de repente un 1 de enero, simplemente nadie muere. Con el correr de los das, y el constante vaco de los obituarios en los peridicos, ya no quedan dudas. No era una simple casualidad o buena fortuna del pueblo del pas del cual Saramago no dice su nombre. Se realizaron llamadas a los hospitales, a la cruz roja, a la morgue, a las funerariasy las respuestas llegaban siempre con las mismas lacnicas palabras, No hay muertos, de acuerdo con la lgica matemtica de las colisiones, deberan estar muertos, pero que, pese a la gravedad de las heridas y de los traumatismos sufridos, se mantenan vivosalegra colectiva que se extenda de norte a sur y de este a oeste, refrescando las mentes temerosas y arrastrando lejos de la vista la larga sombra de tnatos, se fueron uniendo al mare mgnum de ciudadanos que aprovechaban todas las ocasiones para salir a la calle y proclamar, y gritar, que, ahora s, la vida es bella.

La euforia colectiva se desata, pero muy pronto dar paso a la desesperacin y al caos. Si bien es cierto que las personas ya no mueren, eso no significa que el tiempo haya parado. El destino de los humanos ser una vejez eterna. Importantes sectores profesionales, seriamente preocupados con la situacin, ya comenzaron a transmitir la expresin de su descontento las primera y formales reclamaciones llegaron de las empresas del negocio funerario.

En un principio, todo es felicidad en el territorio afectado por la extraa circunstancia. Luego, veremos la decadencia y el caos porque claro, por ejemplo, los hospitales y hogares de la tercera edad se saturarn a ms no poder. Las funerarias se quedarn sin trabajo, y quin contratar un seguro de vida sabiendo que es imposible morir? Y las familias de los vivos es importante aclarar que pese a no estar muertos, los que deberan estarlo no gozan de un buena salud , deben soportar a sus parientes, quienes milagrosamente an respiran el mismo aire que ellos, sern detestados por haberse convertido en estorbos.

Se buscarn maneras de forzar a la muerte a matar aunque no lo quiera, se corrompern las conciencias en los acuerdos de caballeros explcitos o tcitos entre el poder poltico, las maphias y las familias. Lo que en principio parece una magnifica noticia, pronto se vera que es todo lo contrario: el gobierno no sabe como responder ante esa inslita situacin, el sistema de pensiones se tambalea, los hospitales y las residencias de ancianos no dan abasto y las funerarias no tienen a quien enterrar. La iglesia anda tambin consternada porque sin muerte no hay resurreccin y sin resurreccin no hay iglesia.

La ausencia de la muerte es el caos, es lo peor que le puede ocurrir a la especie humana, a una sociedad, asegura Saramago en su obra, no esconde duras criticas al comportamiento de los gobiernos, la iglesia, los medios de comunicacin y otros estamentos de la sociedad. Arrancando una vez ms de una proposicin contraria a la evidencia de los hechos corrientes, inteligente y perspicaz nos devela las terribles desventajas que una no muerte podra generar contra todo pronstico.

Esta inexplicable desaparicin de la muerte genera los actos ms desesperados y ms bajos en la poblacin que comienza a preguntarse qu habr hecho para merecer esto. Es divertida la irona de Saramago cuando narra que las familias que ya haban pagado a la maphia por deshacerse del despojo que si hubieran esperado un poco le hubiera salido gratis, luego hacerle anlisis de caligrafa a la carta, porque la mano huesuda no poda escribir como una mano completa, concluyendo el graflogo que el manuscrito corresponda a una autora y el colmo hacer que se reconstruyera el rostro a partir de calaveras, resultando que como haban elegido tres calaveras les salieron tres retratos, dificultando la operacin de cazar a la muerte demostrando tambin que la muerte, con minscula como ella misma lo aclar era una mujer.

Se torna mas interesante la lectura cuando le empiezan a devolver las cartas a la muerte. La primera devolucin podra haber sido resultado de un simple accidente de camino. El caso de la segunda devolucin era diferente, mostraba con toda claridad que haba un obstculo en algn punto del camino que la debera haber llevado a la direccin del destinatario y que, al chocar con l, la carta regresaba.

Se sent a la mesa y comenz a consultar, de delante hacia atrs, las listas mortuorias de los ltimos ocho da considerar la posibilidad de que el cartero, no habiendo encontrado a la persona a quien la carta debera ser entregada, en lugar de dejarla en el buzn o por debajo de la puerta, la hizo regresar al remitente, olvidndose de mencionar el motivo de la devolucin.

Seran demasiadas coincidencias, pero podra ser una buena explicacin para lo sucedido. Una fuerza ajena, misteriosa, incomprensible, pareca oponerse a la muerte de la persona, a pesar de que la fecha de su defuncin estaba fijada, como para todo el mundo, desde el propio da de su nacimiento.

El destinatario de la carta que siempre regresa a la muerte es un violonchelista soltero, que vive solo con su perro, un perro de tamao mediano, de pelo oscuro, quiz negro era la primera vez que la muerte se sorprenda pensando, no sirviendo ella nada ms que para la muerte de seres humanos, que aquel animal se encontraba fuera del alcance de su simblica guadaa, que su poder no poda tocarle ni siquiera levemente, por eso ese perro que dorma tambin se tornara inmortal, si su propia muerte, la otra, la que se encarga de los otros seres vivos, animales y vegetales, se ausentara, como sta haba hecho y alguien tuviera un buen motivo para escribir en el final de otro libro, Al da siguiente no muri ningn perro.

La muerte decide ir a ver al hombre a su casa, lo mira dormir y piensa que ya debera estar muerto,.. El hombre que duerme no tiene ninguna culpa de lo que ha sucedido con la carta, ni por remotas sombras podra imaginar que est viviendo una vida que ya no debera ser la suya, que si las cosas fueran como debieran ser, ya tendra que estar enterrado hace por lo menos ocho das, y el perro negro andara ahora recorriendo la ciudad como loco en busca del dueo, o estara sentado, sin comer ni beber, a la entrada del edificio, esperando que regresara.

Y la muerte piensa para si misma. Habas observado con fra atencin al violonchelista dormido, ese hombre al que no consigues matar porque slo pudiste llegar hasta l cuando ya era demasiado tarde, habas visto al perro enroscado sobre la alfombra, y ni siquiera a este animal te es permitido tocar porque t no eres su muerte, viendo en que forma resolver ese tropiezo, pero cuando le reenviaba la carta al msico esta regresaba a ella, por lo que se dedico a seguir al hombre y hasta se instala en su casa para seguirlo en su rutina.

El ensayo de la orquesta haba acabado tarde, dentro de poco ser de noche. El violonchelista dio de comer al perro, despus se prepar su propia cena con el contenido de dos latas que abri, calent lo que era para calentar, despus puso un mantel sobre la mesa de la cocina, puso los cubiertos y la servilleta, ech vino en una copa y, sin prisa, como si pensara en otra cosa, se meti el primer tenedor lleno de comida en la boca.

El perro se sent al lado, algn resto que el dueo deje en el plato y pueda serle dado a mano ser su postre. Acabada la cena, el msico lav los platos, dobl cuidadosamente por las marcas el mantel y la servilleta, los guard en un cajn del armario y antes de salir de la cocina mir a su alrededor para ver si algo haba quedado fuera de su lugar.

El perro le sigui hasta la sala de la msica, donde la muerte los esperaba. La muerte ideo como hacerle llegar la carta al hombre,. El hombre no la conoca a ella, pero ella conoca al hombre, haban pasado una noche en la misma habitacin, y ella lo haba odo tocar, cosas que, se quiera o no se quiera, crean lazos, establecen una armona, dibujan un principio de relaciones, decirle en la cara, Va a morir, tiene ocho das para vender el violonchelo y encontrarle otro amo al perro, sera una brutalidad impropia de la mujer bien parecida en que se haba transformado.

Entonces la muerte fragua un plan, va a ver tocar a la orquesta en el teatro, se sienta en el palco y mira al violonchelista Antes de que las luces de la sala hubieran sido reducidas, mientras la orquesta esperaba la entrada del maestro, l se fij en aquella mujer. No fue el nico de los msicos en darse cuenta de su presencia. En primer lugar porque era la nica que ocupaba el palco, lo que, no siendo raro, tampoco es frecuente. En segundo lugar porque era guapa, quiz no la ms guapa de entre la asistencia femenina, pero guapa de un modo indefinible, particular, no explicable con palabras..

La muerte repiti el gesto y fue como si sus finos dedos hubieran ido a posarse sobre la mano que mova el arco.. El violonchelista comienza a tocar su solo como si slo para eso hubiera nacido. No sabe que la mujer del palco guarda en su recin estrenado bolso de mano una carta de color violeta de la que l es destinatario La muerte resuelve esperar al violonchelista en la puerta de artistas. La mujer estaba ante l, le deca, No me huya, he venido para agradecerle la emocin y el placer de haberlo odo, Muchas gracias, pero soy un msico de la orquesta, nada ms, no un concertista famoso, de esos que los admiradores esperan durante una hora para tocarlo o pedirle un autgrafo, Si la cuestin es sa, yo tambin se lo puedo pedir, no me he trado el lbum de autgrafos, pero tengo aqu un sobre que puede servir perfectamente, No me ha entendido, lo que quera decirle es que, aunque me sienta halagado por su atencin, no creo ser merecedor de ella.

No querra que viera en m a una persona ingrata, maleducada, pero lo ms probable es que maana se le haya pasado el resto de la emocin de hoy, y, as como ha venido hasta m, as desaparecer, No me conoce, soy muy firme en mis propsitos, y cules son, Uno slo, conocerlo, Ya me ha conocido, ahora podemos decirnos adis, Tiene miedo de m, pregunt la muerte, Me inquieta, nada ms, Y es poca cosa sentirse inquieto en mi presencia, Inquietarse no significa forzosamente tener miedo.

El msico se pas el estuche del violonchelo de un hombro a otro, Est cansado, pregunt la mujer, Un violonchelo no pesa mucho, lo malo es la caja, sobre todo sta, que es de las antiguas, Necesito hablar con usted, No veo cmo, es casi medianoche, todo el mundo ya se ha ido, Ah hay todava gente, Esperan al maestro, Podemos con-versar en un bar, Me est viendo entrar con un violonchelo a la espalda a un sitio abarrotado de gente, sonri el msico, imagnese que mis colegas fueran todos y se llevaran los instrumentos, Podramos dar otro concierto,..

Entonces se aproxima un taxi libre, y la muerte, en su forma de mujer lo detiene, invitando al violonchelista a subir, preguntndole. Lo llevo a casa, No, la llevo yo al hotel y luego sigo a casa, Ser como yo he dicho, o entonces toma otro taxi, Est habituada a salirse con la suya, S, siempre, Alguna vez habr fallado, Ahora mismo podra demostrarle que no fallo, Estoy dispuesto para la demostracin, No sea estpido, dijo de repente la muerte, y haba en su voz una amenaza soterrada, oscura, terrible.

El violonchelo fue introducido en el portaequipajes. Durante todo el trayecto los dos pasajeros no pronunciaron palabra alguna. Cuando el taxi par en el primer destino, el violonchelista dijo antes de salir, No consigo entender qu pasa entre nosotros, creo que lo mejor ser que no volvamos a vernos, Nadie lo podr impedir, Ni siquiera usted, que siempre se sale con la suya, pregunt el msico, esforzndose por ser irnico, Ni siquiera yo, respondi la mujer, Eso significa que fallar, Eso significa que no fallar.

El conductor haba salido para abrir el portaequipajes y esperaba que retiraran el violonchelo. El hombre y la mujer no se despidieron, no dijeron hasta el sbado, no se tocaron, era como una ruptura sentimental, de las dramticas, de las brutales, como si hubieran jurado sobre la sangre y el agua no volver a verse nunca ms.

Con el violonchelo colgado al hombro, el msico se apart y entr en el edificio. No se volvi atrs, ni siquiera cuando en el umbral de la puerta, durante un instante, se detuvo. La mujer lo miraba y apretaba con fuerza el bolso de mano. El taxi parti. El violonchelista entr en casa murmurando irritado,.. Est loca, loca, loca, la nica vez en la vida que alguien me espera a la salida para decirme que he tocado bien, y me sale una mentecata, y yo, como un necio, preguntndole si no la volver a ver.

Fue a la cocina para ponerle algo de comida al perro, se prepar un bocadillo para l, que acompa con una copa de vino. El msico afinaba el violonchelo sirvindose del diapasn, restableca amorosamente las armonas del instrumento despus del bruto trato que la trepidacin del taxi sobre las piedras de la calle le haba infligido, el telfono son.

El msico se sobresalt, mir el reloj, casi la una y media. Quin demonios ser a estas horas, pens. Levant el auricular y durante unos segundos se qued a la espera.

Era absurdo, claro, era l quien debera hablar, decir el nombre, o el nmero de telfono, probablemente responderan del otro lado, Es una equivocacin, perdone, pero la voz que habl prefiri preguntar, Es el perro quien atiende el telfono, si es as, que al menos haga el favor de ladrar.

El violonchelista respondi, S, soy el perro, pero ya hace mucho tiempo que dej de ladrar, tambin he perdido el hbito de morder, a no ser a m mismo cuando la vida me repugna, del otro lado de la lnea la muerte le deca al hombre, No se enfade, le llamo para que me perdone. A lo largo de todo el da siguiente la mujer no telefone.

El violonchelista no sali de casa, a la espera. La noche pas, y ni una palabra. El violonchelista no pudo dormir, ya en la maana del sbado, antes de salir al ensayo, pens en preguntar por los hoteles de alrededor si estara hospedada esa mujer, pero desisti de su propsito. Al da siguiente era domingo, y domingo es el da de llevar al perro a pasear.

Amor con amor se paga, pareca decirle el animal, ya con la correa en la boca, dispuesto para salir. Cuando, en el parque, el violonchelista se encaminaba hacia el banco donde sola sentarse, vio, a lo lejos, que se encontraba all una mujer, era ella. Buenos das, dijo cuando se detuvo junto al banco, hoy podra esperarlo todo, menos encontrarla aqu, Buenos das, vine para despedirme y pedirle disculpas por no haber aparecido ayer en el concierto.

El violonchelista se sent, le quit la correa al perro, le dijo, Vete, y, sin mirar a la mujer, respondi, No tiene de qu disculparse, es algo que siempre est sucediendo, la gente compra entradas y luego, por esto o por aquello, no puede ir, es natural, Y sobre nuestro adis, no tiene opinin, pregunt la mujer, Es una delicadeza muy grande de su parte considerar que debera despedirse de un desconocido. La mujer se puso de pie. Ya se va, pregunt el violonchelista.

No se haba levantado, tena la cabeza bajada, todava tena algo que decir. Nunca la he tocado, murmur, He sido yo quien no he querido que me tocara, Cmo lo ha conseguido, Para m no es difcil, Ni siquiera ahora, Ni siquiera ahora, Al menos, un apretn de manos, Tengo las manos fras. El violonchelista levant la cabeza. La mujer ya no estaba all. Hombre y perro salieron pronto del parque, los bocadillos fueron comprados para comerlos en casa, no hubo siestas al sol.

La tarde fue larga y triste Buenas noches, dijo la mujer del palco, pisando el umbral, Buenas noches, respondi el msico, esforzndose por dominar el pasmo que le contraa la glotis, No me pide que entre, Claro que s, por favor.

Se apart para dejarla pasar, cerr la puerta, todo despacio, lentamente, para que el corazn no le explotara. Entraron en el dormitorio, se desnudaron, y lo que estaba escrito que sucedera sucedi por fin, y otra vez, y otra an. Entonces ella, la muerte, se levant, abri el bolso que haba dejado en la sala y sac la carta color violeta. Mir alrededor como si buscara un lugar donde poder dejarla, sobre el piano, sujeta entre las cuerdas del violonchelo o quizs en el propio dormitorio, debajo de la almohada en que la cabeza del hombre descansaba.

No lo hizo. Fue a la cocina, encendi una cerilla, una humilde cerilla, ella que podra deshacer el papel con una mirada, reducirlo a un impalpable polvo, ella que podra pegarle fuego slo con el contacto de los dedos, y era una simple cerilla, una cerilla comn, la cerilla de todos los das, la que haca arder la carta de la muerte, esa que slo la muerte poda destruir. No quedaron cenizas. La muerte volvi a la cama, se abraz al hombre, y, sin comprender lo que le estaba sucediendo, ella que nunca dorma, sinti que el sueo le bajaba suavemente los prpados.

FIN Jos Saramago, sita al hombre en el dilema de la impostergable finitud de la existencia. Intereses relacionados.

2004-2005 ALABAMA BANDMATERS ASSOCIATION PDF

Libro Las Intermitencias De La Muerte PDF

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ALI SOUFAN THE BLACK BANNERS PDF

Las intermitencias de la muerte, de José Saramago

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